Carreteras costeras y marinas. ¿Y México cuándo?

Héctor López Gutiérrez. Estuvo encargado de la planeación del sistema portuario nacional.

La combinación de la riqueza paisajística con las carreteras costeras es siempre una posibilidad de desarrollo turístico ampliamente aprovechada. Asimismo, mientras en el mundo la globalización del comercio mundial ha hecho evolucionar los procesos logísticos para lograr un intermodalismo sustentable que combine las características y ventajas de los modos de transporte acuático (marítimo y fluvial) y terrestre, principalmente el autotransporte, en México seguimos atados a formas de transporte internacional y de distribución nacional que ignoran en gran medida el potencial de ser un país entre dos océanos.

 

La carretera del Atlántico es una formidable vía que va saltando de isla en isla mediante puentes durante un trayecto de unos 9 km con unos paisajes alucinantes. Esta única carretera lleva hasta el punto más alejado, donde la tierra termina y comienza el océano. Una vez allí, la majestad infinita del mar proporciona vistas inolvidables.

En esta carretera se cumplen a la perfección los problemas estructurales que representan el embate directo del oleaje sobre los puentes y los efectos de la socavación; los riesgos y requerimientos operativos de los vehículos terrestres; la circulación durante las tormentas, resuelta con una estricta reglamentación según el tipo de vehículos; y en el caso del transporte marino, las soluciones estéticas cumplen con el gálibo necesario para los tipos de embarcaciones que transitan por allí.

Esta obra mueve a reflexionar por qué con la extensión de los litorales de nuestro país, con la variedad de paisajes y tipos de costa, con la posibilidad para explotar todo esto con fines turísticos, hasta ahora la política de integración territorial norte-sur se ha referido principalmente al altiplano, y el trazo de las carreteras costeras obedece más a los requerimientos topográficos que a una posible combinación para armonizarlo con la riqueza paisajística.

Ejemplo de esto es la carretera de la Costa Chica entre Acapulco y Salina Cruz, donde se ignoran las múltiples oportunidades de disfrutar la belleza de lagunas costeras y esteros, y sólo las bahías de Huatulco y Puerto Escondido manifiestan ese potencial asociado con la vía terrestre. Otros casos serían los varios tramos de la carretera costera del Golfo, particularmente en los estados de Campeche y Tabasco, que por ignorancia en el tratamiento de los efectos del mar, o han sido alejados de la costa o no se ha sabido combinar obras de defensa con el desarrollo de actividades recreativas.

El único caso de una carretera que aprovecha la riqueza paisajística de la costa es el tramo de 95 km que corre de Tijuana a Ensenada, en el cual se previeron plataformas de observación en zonas donde se aprecia la grandeza del océano Pacífico; desafortunadamente, como ha sucedido en varios otros proyectos, la insuficiencia de estudios geológicos y de mecánica de suelos ha provocado que casi desde su entrada en operación, a finales de la década de 1960, haya presentado daños estructurales; su localización en una zona de fallas geológicas ha generado deslizamientos importantes en diversos puntos que incluso llegan a afectar propiedades cercanas.

 

Conoce más sobre las carreteras marinas, dos casos destacables en el mundo y las dificultades para llevarlas a cabo en México en la versión completa de este artículo publicado en la revista Vías Terrestres 47, disponible en el sitio web de la AMIVTAC o en el siguiente enlace: VT 47