Daniel Reséndiz Núñez, una vida de trabajo que nos inspira a ser mejores

Alberto Jaime Paredes Investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM.

Es difícil hablar de un hombre y destacar sus virtudes y habilidades, por el temor de desfigurarlo al hacer un elogio exagerado de su persona. Es fácil, también, caer en una descripción escueta que no permita formar una clara idea de su personalidad ni de sus contribuciones a la comunidad. La dificultad es aún mayor cuando el discípulo escribe sobre quien fue su maestro.

Diré, para empezar, que Daniel Reséndiz Núñez era una persona con virtudes y defectos. Un ser humano al que asaltaron dudas, temores y tentaciones. Similares a las que nos enfrentamos cada uno de nosotros. Entonces, ¿qué hizo descollar a Daniel Reséndiz? Diversas virtudes. Tenía una inteligencia excepcional que educó, desarrolló y moldeó con disciplina y voluntad férreas. Era un individuo que se establecía objetivos y en cuanto iba alcanzándolos ya estaba en búsqueda de los siguientes. Su optimismo era, sin duda, su más destacada característica. Dueño de una estructura de pensamiento lógico, a veces, abrumadora.

Promotor incansable de proyectos de ingeniería, educativos, de investigación y culturales. Platicar con él era siempre un reto intelectual por su agudeza, profundidad, ingenio y fina ironía. Apoyó e impulsó a muchos estudiantes, profesores, profesionales e investigadores. Su capacidad de trabajo era excepcional. De sus estudiantes, colaboradores y colegas pidió siempre su mejor esfuerzo, pero no más de lo que él mismo se exigía.

En sus propias palabras, se consideraba muy afortunado de haber tenido maestros de excepción como Nabor Carrillo, Raúl J. Marsal, Emilio Rosenblueth, Alberto Barajas y Fernando Hiriart.

Se graduó de ingeniero civil, con mención honorífica, en la entonces Escuela de Ingeniería de la UNAM. También ahí cursó su maestría en la especialidad de Mecánica de Suelos, así como el doctorado en Ingeniería, en Mecánica de Suelos, con mención honorífica. Su desarrollo profesional y personal lo hizo en diversas vertientes: profesor, investigador, consultor, administrador académico, funcionario público y autoridad.

Como profesor en la Facultad de Ingeniería de la UNAM, desde 1958 impartió 11 diferentes materias en los niveles profesional y de posgrado. Conferencista y profesor invitado por varias universidades del país y el extranjero. Expositor ágil y brillante que invitaba al estudio, la reflexión y la discusión. Algunas de sus inquietudes educativas las plasmó en más de 35 artículos y cuatro libros sobre el tema. Era un convencido de compartir el conocimiento con todos.

Su labor como investigador fue reconocida por la UNAM al nombrarlo investigador emérito en 1992. Escribió más de 153 artículos técnicos, producto de diversas investigaciones y reflexiones. En dichos artículos trató temas tales como: propiedades mecánicas de los suelos; modelaje numérico en la solución de problemas de presas, túneles y taludes; comportamiento de pilotes; métodos de diseño de cimentaciones y excavaciones en suelos blandos; dinámica de suelos; comportamiento dinámico de presas. Un tema que abordó con gran interés fue el de la incertidumbre en los factores que influyen en el diseño, construcción y operación de las obras de ingeniería civil. Publicó ocho libros de investigación como autor, coautor, editor y coordinador. Contribuyó con 47 capítulos en otros tantos libros.

Se destacó como consultor en proyectos de ingeniería civil. Prestó sus servicios a compañías privadas, empresas paraestatales, secretarías de Estado y al gobierno de la Ciudad de México (antes Departamento del Distrito Federal). Para este último, hasta su muerte, colaboró de forma predominante en la elaboración y revisión del Reglamento de Construcciones para la CDMX y sus Normas Técnicas Complementarias y en el Comité de Seguridad de las Estructuras.

Fue un administrador académico excepcional. Director del Instituto de Ingeniería de la UNAM de 1974 a 1982 y de la Facultad de Ingeniería de la UNAM de 1987 a 1991. En esos cargos mostró sus dotes de líder y su habilidad para hacer que los grupos de investigadores, profesores, estudiantes, becarios y empleados administrativos se empeñaran mejor cada vez en su labor, al mismo tiempo que les procuraba estímulos, financiamientos y ayudas económicas y materiales necesarios para hacer su trabajo.

Su espíritu inquieto lo condujo a ser funcionario. Fue secretario general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Conacyt (1982-1987); subdirector técnico de la Comisión Federal de Electricidad, CFE (1991-1994), subdirector general técnico de la Comisión Nacional del Agua, Conagua, en 1995; subsecretario de Educación Superior e Investigación Científica de la Secretaría de Educación Pública, SEP (1995-2000), y subdirector de Programación de la CFE (2001-2004).

Participó activamente en 14 diferentes asociaciones y agrupaciones gremiales. Sobresale el haber sido presidente de la Academia Mexicana de Ciencias (1979-1981), miembro de honor de la Sociedad Mexicana de Ingeniería Geotécnica y de la Academia de Ingeniería y miembro emérito del Colegio de Ingenieros Civiles de México.

Sus contribuciones en cada una de las facetas de su labor fueron reconocidas de muchas maneras. Lo más notable de ese reconocimiento público es el aprecio que dejó en todos los lugares en los que actuó. Principalmente por su personalidad, profesionalismo, rigor, creatividad y por ser un hombre cabal. Tal reconocimiento lo logró tanto en el campo de la ingeniería de los sectores público y privado como en el medio académico. En este último, en los aspectos educativos y de investigación.

La lista de los 28 premios y reconocimientos de su currículum vitae hacen referencia a su labor como estudiante, educador, investigador e ingeniero. También significativa es la lista de las funciones honoríficas que desempeñó en México y en el extranjero. Dichas funciones abarcaron toda la gama de sus actividades: la docencia, la investigación y la promoción de la ciencia y la tecnología. Todo esto en torno a su profesión, que fue el principal centro de su interés y formación: la ingeniería civil.

Daniel Reséndiz nos deja un legado imborrable. Ejemplo a seguir para colegas y estudiantes. Una vida de trabajo que nos inspira a ser mejores. Una vida así se merece un gran y cariñoso aplauso. ¡Gracias, Daniel!