La dueña del legado

Vincent van Gogh saborea, en Pigalle número 8, su mejor almuerzo en años y lo interrumpe para doblarse de risa. París, mayo de 1890. En casa de Theo, el conde de Toulouse-Lautrec le cuenta que está viviendo de lunes a viernes en un convento y los fines de semana, cuando el convento se llena de fieles, en un cuarto de un burdel, y Van Gogh le palmea la espalda deforme.

Johanna van Gogh-Bonger, la cuñada de Vincent, recordaría durante años la escena de ese mediodía, en el que no encontró ni un solo indicio de que Van Gogh estuviera a cuarenta días de suicidarse luego de pintar un último trigal majestuoso acechado por los cuervos del infortunio.

Toulouse-Lautrec, ese mediodía, le exagera a su amigo los sucesos de febrero de ese mismo año en Bruselas, que habían escandalizado el circuito del arte en los Países Bajos. Un grupo de artistas adelantados, entre los que se listan el conde y Van Gogh, y que se hacen llamar “los Veintistas” como un guiño al siglo XX que se avecina, inaugura una muestra colectiva. Un tal De Groux, un artista plástico local que no entrará en la historia, se empecina contra los cuadros de Van Gogh.

Al parecer, no es frente a la Pareja de girasoles, sino parado ante el Huerto en flor con álamos atravesando la tela que De Groux suspira, despectivo. Y dice alguna grosería en voz alta.

Deforme, ínfimo, en ausencia de Vincent van Gogh y acaso empujado por una pizca de ajenjo, el conde lo reta allí mismo a duelo. Parece una secuencia armada para salir en los diarios, pero había que ver a Lautrec, que apenas si podía consigo mismo, exigiendo un padrino, queriendo definir lugar, fecha y tipo de armamento para defender de agravios la pintura de su amigo.

La historia viene a cuento porque es probable que Vincent van Gogh supiera íntimamente, cuando se suicida a los 37 años, que su reconocimiento comenzaba a cocinarse a fuego lento. En esa muestra, además, fue comprado en 400 francos uno de los dos cuadros que vendió en su vida, La viña roja inolvidable. Y hasta comenzaba a cambiar el mal viento de los críticos. El Mercure de France, que era la vanguardia, iniciaba la defensa de su obra, ante una serie de comentarios más bien despiadados donde le criticaban la urgencia, la intensidad. Le decían que la suya era pintura de epiléptico.

Cuando sucedía el arrebato de Lautrec, de todas formas, Van Gogh no tenía más tiempo. Le quedaban cuatro meses de vida, unas 80 o 90 obras maestras por delante.

Pero acaso intuía Van Gogh, mientras compraba un revólver en julio de 1890, el poder hacia el futuro que tenía su obra. En las cartas a su hermano Theo, durante la década en que se dedicó a pintar todo a su alrededor, fue diagramando su futuro. Un itinerario donde hasta diseñaba la manera de ir produciendo una venta paulatina con el intento de dejar la mayor cantidad de cuadros en museos y no junto a bargueños de gente más o menos rica.

Ahora bien, ninguno de los excesos de su vida fue peor que el error de dejar en manos de Theo, alguien marcado por el mismo estigma familiar, la totalidad de su obra. Contra el imaginario más o menos general de que fue su hermano menor el que llevó adelante el legado artístico de Vincent van Gogh, Theo se desbarranca en su propia locura poco tiempo después. Arrastrado por una melaconolía feroz, una severa hemiplejía psiquiátrica lo hunde cada vez más y muere tras una lenta agonía. A los seis meses del suicidio de Vincent.

Estigma familiar, decíamos, porque también Will, la menor de las hermanas Van Gogh, muy cercana a Vincent y Theo, presencia fuerte en las primeras escaramuzas del feminismo, pasa sus últimos años en un hospital de enfermos mentales.

Tres de los seis hermanos Van Gogh sacudidos por la locura. No es mucho para un fin de siglo de intensidades, pero es demasiado para una sola familia.

Es casi una certeza, entonces, que cuando se suicidó –el balazo fue el 27 de julio de 1890 y murió fumando su pipa, bastante tranquilo, dos días después– Van Gogh tuviera indicios firmes de que empezaba el tiempo de la cosecha. Es más, no tuvo que aguardar mucho la obra, tras su muerte, para ganarse su espacio. Dos años y medio apenas.

El 15 de diciembre de 1892, Van Gogh llegaba a la sala mayor del Panorama de Amsterdam, con una exhibición de 24 dibujos, 75 cinco cuadros y 15 cartas a Theo, expuestas detrás de unas vitrinas de cedro.

Dos años y medio no es tanto tiempo si se piensa, por ejemplo, en Georg Büchner, que murió de tifus en 1837 a los 23 años. Cuatro décadas tuvieron que pasar para que alguien publicara Woyzeck, su obra maestra.

Ahora bien, ninguno de los hermanos de Van Gogh podía haber sacado las obras de Vincent del olvido. Es más, ni Anne, ni Elisabeth ni Cornelia creían del todo en el valor de esos cuadros, y de hecho muchas pinturas sin enmarcar, que estaban en sus manos, se perdieron en una carpintería de Bredas o se vendieron en mercados de pulgas de París. Una de ellas, el retrato del doctor Felix Rey –los bigotes hacia arriba, la barba candado, un rictus de ansiedad perfecto–, fue rescatada de los fondos de un gallinero, donde cubría un agujero de un tapial.

Muerto Theo, con tres de los hermanos sin entender el valor de esos cuadros, con Will sin el carácter necesario para una tarea semejante, ¿quién entonces se puso la obra de Vincent Van Gogh sobre los hombros y la llevó, en poco tiempo, a jugar en las ligas mayores del comercio del arte en Holanda? Una viuda, la de Theo, 28 años, un niño de seis meses. Johanna Bonger era su nombre.

Johanna se queda antes que nada, tras la muerte de Théo, con las cartas que Vincent le había enviado a su marido. Eran exactamente 651, agrupadas según lugares de residencia del pintor, desde una inicial en Londres en 1873 hasta la última que tenía entre sus ropas la noche de su muerte. En ella, Vincent le había anunciado a su hermano: “Por mediación mía tienes tu parte en la producción misma de ciertas telas que, aun en el desastre, guardan su calma”.

Johanna, que enseñaba literatura inglesa y había estudiado al poeta Percy Shelley en el Museo Británico, comienza entonces a leer las cartas de Vincent a Theo. En medio de su dolor reciente, buscaba en ellas indicios del hombre que había amado, pero descubre en ese trance la prosa de su cuñado: el corpus poético de los cuadros.

Ella se da cuenta, mientras lee esas cartas, que la descripción de cada uno de sus cuadros es tan buena como los cuadros mismos.

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Reclama para sí las pinturas de su cuñado que habían quedado abandonadas en su casa de Pigalle, en París.

Mujer de coraje, arma una pensión para viajeros de paso en las afueras de Ámsterdam y convierte el lugar, sin quererlo, en el primer museo Van Gogh.

La pensión fue un buen negocio. ¿Cómo podía no ser un éxito un cuarto alquilado donde se durmiera, donde se hiciera el amor, junto a los cafés nocturnos de Arles o se desayunara cerca de los Cerezos en flor?

En esos dos años y medio, desde la tarde en que muere su cuñado hasta la primera gran muestra de Van Gogh en Ámsterdam, la vida de Johanna van Gogh Bonger cambia de rumbo.

Sus padres la ayudaron a sobrevivir, pero fue tarea exclusiva de Johanna poner en valor la obra de Vincent: la primera exposición de Van Gogh en La Haya, que ella lleva adelante, está compuesta nada más que por 15 de sus primeros dibujos. No hay plata para otra cosa.

En esos dos años y medio, Johanna asiste a la muerte de su cuñado, se mantiene firme junto a Theo en su agonía, se vuelve encargada de una pensión de paso, aprende contra reloj el oficio de marchand, conoce críticos, responde entrevistas periodísticas, negocia con peces gordos del mundo del arte. Y mientras tanto, cambia pañales y contrata nodrizas cuando su leche pierde potencia.

Es probable que sin la labor silenciosa de Johanna los cuadros de Van Gogh hubieran tenido por destino el olvido. Mucha verdad y belleza acaso se habrían perdido en el camino: el mundo se habría quedado sin una de sus mejores alegrías.

En marzo de 1901, a once años de su muerte, se organiza una muestra retrospectiva de Van Gogh: 71 cuadros que comprenden todos los periodos que el pintor frecuentó en sus diez años como artista.

Cuando salen de esa muestra en la galería Bernheim-Jeune, Vlaminck toma del brazo a Matisse. Lo toma del brazo después de recorrer juntos los cuadros de Van Gogh, para hacerle una confidencia. En voz baja, Vlaminck le dice:

–Quiero a Van Gogh más que a mi padre.

Ellos caminan, de regreso, por la calle Lafitte.

Buscan un bar abierto a esa hora. Vlaminck y Matisse, embriagados de colores, brindarán esa noche.

Embriagados de colores, brindarán por las carbonillas iniciales de los mineros, las estampas japonesas, los zapatos más pobres del mundo, la floresta salvaje, los autorretratos de la angustia, los girasoles recostados en el infinito. Brindarán por esos cielos que giran en redondo como si quisieran levantar vuelo.

Ellos brindarán por la pintura del futuro.

 

Camilo Sánchez. Autor de La viuda de los Van Gogh.